Cosas que debería aprender la derecha venezolana y mundial sobre la intervención en Venezuela:


Los Estados Unidos han relegado descaradamente a la oposición venezolana, en particular a sus figuras emblemáticas como María Corina Machado y Edmundo González, un movimiento calculado que debería hacer sonar todas las alarmas en los círculos conservadores del planeta. No se trata de un simple giro táctico, sino de una lección brutal de realpolitik que la derecha global debe a aprender.


1. EEUU no tiene aliados, sino intereses: Washington respaldará únicamente a quien sea instrumental para sus objetivos geopolíticos y económicos inmediatos, aunque eso signifique pactar con el diablo. El respaldo estadounidense a figuras como Delcy Rodríguez, vicepresidenta del llamado “narcoestado”, bajo la administración Trump, lo demuestra con cinismo admirable. Trump ha dinamitado el frágil multilateralismo liberal para resucitar la Doctrina Monroe en clave del siglo XXI: un patio trasero disciplinado, por la fuerza si es necesario. El caso de Juan Orlando Hernández (Honduras) es el manual: acusado, condenado por narcotráfico e indultado por Trump cuando convenía a sus intereses. La derecha que corea consignas pro-Washington debería recordar la sentencia de hierro de Henry Kissinger: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser amigo es fatal”. Y añadiría: ser un peón prescindible es la norma.


2. "Roma traditoribus non praemiat" (Roma no paga a traidores): La oposición venezolana, en especial Machado, entregó en bandeja a Washington el expediente jurídico-moral para criminalizar a Maduro, vinculándolo al narcotráfico, al Tren de Aragua, a Hezbolá y Hamas. Pero traicionar a la patria por un trono prestado no genera confianza, sino desprecio. Trump, y cualquier pragmático en el poder, negocia con quien tiene el control real del territorio y las armas, no con intermediarios que han quemado su legitimidad nacional. La historia es clara: desde Manuel Noriega hasta los contras nicaragüenses, Estados Unidos usa y descarta a los "traidores útiles" cuando dejan de serlo.


3. Pedir intervención militar es firmar tu acta de incompetencia: La oposición venezolana institucionalizó su propia irrelevancia al clamar por una invasión extranjera. Admitió, de facto, su fracaso absoluto: ni pudo ganar elecciones, ni negociar desde la fuerza, ni impulsar una rebelión interna creíble. Para Washington, un actor que no puede garantizar la estabilidad ni proteger sus inversiones es un lastre, no un aliado. La intervención se pide cuando se ha perdido toda capacidad de agencia propia, y eso no se perdona en la alta política.


4. Incapacidad de adaptación y dogmatismo: La oposición se encapsuló en sus narrivas autocomplacientes, fetichizó símbolos vacíos (Guaidó, luego González) y menospreció la lucha multifacética. En política, el purismo simbólico es un suicidio. Mientras el chavismo combatía en todos los frentes —electoral, militar, comunicacional, internacional—, la oposición oligárquica y desconectada apostó todo a un salvador externo. Pudo haber disputado cada calle, cada cargo negociado, cada espacio judicial, e incluso haber apoyado una resistencia armada creíble. En cambio, prefirió el confort de los salones de Washington y los editoriales de The Wall Street Journal. La política es guerra de posiciones, y ellos abandonaron el campo de batalla.


Conclusión: El espejo roto de la derecha global


Hoy resurgen cantos de sirena pidiendo intervenciones en México, Colombia, Cuba. Que la derecha latinoamericana y mundial mire con ojos despiertos el espectáculo de humillación sufrido por la oposición venezolana: utilizada, vaciada y luego desechada sin miramientos. El mismo Trump que hoy coquetea con Delcy Rodríguez ha amenazado a Canadá y Europa, demostrando que no hay “alianza sagrada”, sólo intereses desnudos.


La lección es clara y brutal: nunca subordines tu proyecto político nacional a una potencia extranjera. La derecha que aspire al poder debe aprender a luchar con sus propias fuerzas, adaptarse y entender que, en la era del neoimperialismo, el único aliado verdadero es el pueblo al que se dice representar —y ese pueblo hoy observa, con desdén, a élites que prefieren ser colonos antes que líderes. La humillación venezolana es el manual de lo que no se debe hacer. ¿Aprenderán la lección, o repetirán el error hasta la obliteración?

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