La Historia de la Humanidad
es la historia de la estupidez Humana.

10 de junio de 2018

A pesar de todo


Me gustaba creer que soy más racional que emocional, pero no es así.

La semana pasada renuncié -infructuosamente-, a mi cargo de Jefe de Departamento en el lugar donde trabajo. Pero ello no fue, a pesar de todo, una medida impulsiva. Suelo ser bastante calculador y meticuloso con las decisiones que tomo, y como buen cliché viviente que soy, sólo se me sale lo impulsivo cuando hay una mujer involucrada.

Me encanta lo que hago, así como mis compañer@s de trabajo; pero no puedo decir lo mismo de mi jefa, con quien no comparto su manera de dirigir y manejar, tanto la oficina como su equipo de trabajo de confianza. Por un lado, nos explota y exige mucho más de lo que nuestro cuerpo puede dar, trabajando incluso sábados, domingos y feriados. Por otro lado, del cual debo reconocer que no me he visto mayormente afectado, la jefa agrede y amenaza verbalmente a otros compañeros de trabajo. La última y alocada exigencia fue solicitar un trabajo imposible en poco tiempo, o de lo contrario, mis compañeros perderían el cargo.

¿Pero sabes que me dio más rabia? Una de las coordinadoras amenazada se quejó del poco tiempo que tenía para pasar con su hija. Su niña se molestó con ella porque rara vez tienen la oportunidad de pasar el tiempo juntas. Mientras tanto, la jefa se encuentra disfrutando el tiempo con sus hijos. Varias compañeras con hijos acordaron el mismo punto. Quizás yo no tengo hijos y sé si entiendo como eso se siente, pero puedo empatizar con ello. Más tarde, otra compañera me comentó como pasó la noche llorando, porque se sentía agotada, con sueño, y que -paradójicamente- sus ganas de llorar no le dejaban dormir. El lunes, una de mis compañeras fue sacrificada y perdió su cargo.

Voy a utilizar el adjetivo más elegante que se me ocurre en este instante para la describir la situación: me sentía ASQUEADO. Todo esto iba en contra de mis principios y sobrepasó mi nivel de tolerancia. Quería quemar la oficina.

Con el pasar del lunes, con sueño, con dolor de espalda y cuello, ya estaba decidido: iba a hacer notar mi molestia de la única manera que podría llamar la atención. Primero lo consulté con mi familia, quienes merecían saberlo porque mi decisión iba a afectar los ingresos del hogar, y a pesar de ello me dieron su apoyo. No iba a renunciar a todo, sino solamente al cargo de Jefe, por lo cual aún permanecería con un empleo. Apenas presenté mi renuncia y expliqué mis motivos, me sentí feliz. Actuaba, de manera fría y calculada, según mis convicciones y principios.

No me fue nada difícil encontrar el lado positivo. Tendría más tiempo para hacer otras cosas que quiero: estudiar algún curso en línea, dedicarme a leer, escribir más, dictar talleres y hacer el arder el mundo... Porque a pesar de todo sigo siendo un anarquista.

Sin embargo, como dije al principio, mi renuncia fue infructuosa. Uno de mis objetivos era que mis compañeros hicieran lo mismo, que se animaran a defenderse y no dejarse apabullar. Sin embargo, no fue así. No todos están tan dispuestos a perder su posición así como yo. Ello me desmotivó. Pero, no fue algo en vano, logré que mis compañeros se sentaran a conversar con la jefa y diera a conocer sus molestias. Entonces, mis compañeros se sentaron a conversar conmigo, me aseguraron que habría cambios y me solicitaron aplazar mi decisión de renunciar. Se conmovieron en el hecho de que yo estaba dispuesto a perder un cargo y la mitad de mi sueldo por el trato dado a mis compañeros de trabajo. Así fue que entendí que, a pesar de que intenté convencerme de que hacía algo racional y ajustado a mis principios, en realidad lo que hice fue emocional.

Y todavía no abandono la idea, sigo dispuesto a dejar el cargo. No me interesa si pierdo mi sueldo, mi cargo y si me trasladan al Amazonas. Ciertamente convivo con mis propias contradicciones, pero a pesar de todo sigo siendo un anarquista.
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